8. November 2008

Nasrin – qué nombre más bonito

 

 

"¿Cómo se llama tu padre?" "Werner.", contesto. "Apúntalo aquí." Lo apunto. "¿Cómo se llama tu madre?" "Anne." Lo apunto también. "¿Y tu abuelo?" "Tengo dos", contesto, y me pide apuntar el nombre del padre de mi padre. Willibald escribo con letras grandes y le devuelvo el papel. "Espérate al lado."

La chica de la ventanilla tendrá más o menos mi edad, aunque parece mayor con ese uniforme oscuro que lleva. Mientras ella atiende a otro pasajero me imagino lo que significa este Espérate! Al poco tiempo viene otra chica de la misma edad y con el mismo uniforme oscuro. La primera coge mi pasaporte, lo enseña a la otra y le dice algo que no entiendo.

El pasaporte es nuevo. Tengo dos, pero con el otro estuve en Siria el año pasado. La foto también es nueva, porque en la otra llevo la bufanda de cuadros que los árabes utilizan mucho. Lo que sigue siendo igual es el nombre.

"¿Nasrin Arnold? Ven conmigo por favor." La segunda chica con el uniforme y con mi pasaporte y yo con mi equipaje nos vamos a un cuarto con sillas, una tele y un distibuidor automático de bebidas. Ahí me deja sin decir nada. Ya hay bastante gente esperando, pero aún quedan sillas libres. No me siento, porque espero que esto no dure mucho tiempo. Al la derecha hay una familia con dos niñas – musulmanes con pasaporte estadounidense. Tres hombres jóvenes – parece que viajan solos – están viendo la tele. Estaba segura de que eran árabes antes de que la chica con uniforme volviese y les preguntara por sus nombres. Dos tios están hablando en árabe. Justamente viene otra familia musulmana y una chica, que tiene pinta europea. Luego me va a contar que es francesa pero tiene un sello del Irán en el pasaporte.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando la del uniforme me lleva a otro cuarto con un ordenador. Me hace un montón de preguntas y después me manda otra vez al cuarto con los musulmanes.

El tio, que me busca más tarde, lleva otro uniforme y también otra expresión en la cara. "¿Nasrin? ¿Así pronuncias tu nombre? ¿Sabes de dónde viene?" Hubiera tenido que decir que es germánico antiguo y que significa cordero dócil. Lo sabía antes: el nombre es el problema. Me pregunta y pregunta y de repente pregunto yo: "¿Se ha fijado de que también tengo un nombre hebreo?" "¿Dónde?" Pues, como tatuaje en el culo! "Esta puesto en el pasaporte", digo, "me llamo también Susanne, es Šošana, es hebreo." En este momento su cara se pone como un tomate y él grita: "¡Esto no es un nombre hebreo! ¡Entonces podría decir que Abraham y Ibrahim también es el mismo nombre!" Me tengo que dar la vuelta para que no vea que me rio. ¡Si! O que el mundo es redondo, ¿no? "Por cierto creo que el 90 % de los nombres se derivan del hebreo", sigue el tio con la cara roja. ¿Entonces Nasrin a lo mejor también es hebreo? Como el tio no está de broma, cambiamos de tema y hablamos sobre algo más serio: Políticas. "¿Que puedo encontrar de ti en el internet?" me pregunta. Ahora ya no tengo ganas de reirme porque en mi página web está puesta una documentación de mi viaje a Siria con fotos y texto. "Mi página web", contesto. "¿Y qué más?" "No sé, algo del colegio y del grupo de teatro supongo." "¿Nada político?" No, nada político.

¿Y qué voy a hacer en Israel? "Un curso de ladino", contesto pero no lo puedo confirmar y por eso quiere hacerme esperar tres horas más. "Visito también a mi padre. Está trabajando aquí. Es profesor de lenguas." Eso sí vale como respuesta, aunque no le digo que enseña árabe. Mientras estamos buscando el punto malo de mi vida, que tuvo como consequencia que hoy en dia tengo que aguantar este nombre, mi padre me llama tres veces porque me está esperando en la zona de llegada del aeropuerto.

 

La tercera vez en el cuarto con los musulmanes veo aún a la misma gente y a muchas personas más – árabes, musulmanes, la francesa con el sello del Irán en el pasaporte y yo con este nombre tan misterioso.

 

Han pasado dos horas y media ya desde mi llegada al aeropuerto. Me aburro. Entonces viene una chica que se parece bastante a las de antes porque lleva el mismo uniforme oscuro. "¿Quieres que te ponga un sello en el pasaporte?" pregunta. "¿Cómo que quieres? ¿No tiene que ser?" Esto será una trampa. "No tengo que ponerlo", dice ella y me ofrece mi documento. "Entonces quiero irme ya." Lo digo con un poco de disgusto, cojo el pasaporte y me voy. Pero solo unos cien metros. Ahí me espera otra uniformada. Mirando tres veces cada página de mi pasaporte nuevo con la foto nueva y el nombre de toda la vida me pregunta: "¿Por qué no has querido que te pongan un sello?"

 

Tres horas después de que el avión ha tomado tierra salgo con mi padre y una amiga beduina del aeropuerto. Estamos cansados los tres, pero también felices de que en este país no es nada extraño que un alemán con un nombre alemán, una alemana con un nombre persa y una beduina con un nombre árabe se suban juntos a un taxi. La más feliz de todos soy yo, porque mis padres no me han puesto un nombre aburrido y corriente.

 

 

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